AUTONOMÍA UNIVERSITARIA DE CALIDAD

Escribe: Wilder Calderón Castro
 La autonomía universitaria es obra de generaciones referentes, fundada en la necesidad de preservar impoluto el espíritu de su esencia, lejana de las luchas partidistas del poder político, mediante elecciones universales que decidían a cada uno de los miembros de sus órganos de gobierno.  Esta conquista histórica está acendrada en la necesidad de que quienes conforman los diversos estamentos de gobierno defiendan los intereses de su colectivo, en concordia con los conceptos de desarrollo, progreso, justicia social y afirmación de valores democráticos. 
Nuestra Constitución Política del Estado, en su artículo 18, dice a la letra: “Cada universidad es autónoma en su régimen normativo, de gobierno, académico, administrativo y económico. Las universidades se rigen por sus propios estatutos en el marco de la Constitución y de las leyes”.  Sin embargo, la Comisión de Educación del Congreso de la República trató de enmendarle la plana a este precepto constitucional, al aprobar un dictamen que se piensa discutir, en breve, en el Pleno y que nosotros denominamos la Ley De-Mora, en alusión no sólo al congresista Daniel Mora, sino porque de-mora el consenso, de-mora la concertación, de-mora la educación de calidad, de-mora la investigación científica de calidad.  
De aprobarse, esta ley perpetrará contra el Estado de Derecho un atentado de lesa cultura.  La creación de una superintendencia que esté por encima de las universidades, para señalarle qué hay que estudiar, qué investigar, qué facultades crear, dónde funcionará una nueva filial, viola y desnaturaliza el principio central de la libertad de pensamiento.  La universidad no es un cuartel, donde solo imponemos nuestros pareceres o donde solo podemos oír el “sí, señor” de la tropa.  En tal sentido, el ex presidente Alan García defendió la autonomía universitaria como “un derecho histórico conquistado por el aprismo y Haya de la Torre en el Perú y el derecho de pensar libremente, sin un jefe militar que imponga, qué cosa hay que pensar…”.
Hablar de autonomía universitaria, por antonomasia, es referirse a la calidad educativa.   Y la calidad educativa tiene su correspondencia biunívoca con la formación en competencias, con un currículo prospectivo (mas no retrospectivo), con la investigación científica de calidad, a la infraestructura,laboratorios, docentes de calidad, entre otros.  
La autonomía garantiza la calidad educativa para el desarrollo social sostenible.  Y la calidad educativa no tiene por qué negociarse en los pasillos del hall de los pasos perdidos, en la junta de portavoces o en un lobby en el Congreso; tampoco se garantiza por Ley. 
La calidad educativa universitaria en las actuales circunstancias debe tener en cuenta el Input y Output, del proceso educativo en sí mismo.  El Input está signado por la calidad del alumno que se recibe para iniciar el proceso educativo universitario y los correctivos que debemos plantear para nivelar sus habilidades y requisitos mínimos expresados, en competencias de razonamiento lógico-matemático, comunicación y técnicas de estudio.  La meta del proceso formativo del profesional universitario se debe plasma en la inserción en el mercado y la satisfacción para la empleabilidad en la inserción en el mercado en el Output.
En la aplicación de todo proceso formativo universitario debe tenerse en cuenta métodos, líneas de investigación, perfiles actualizados, como siempre hemos referenciado en artículos anteriores.  Debemos responder a los retos futuros en el que el profesional se incorpore y permanezca en el mercado ocupacional el mayor espacio de tiempo posible, gracias a una gestión administrativa y académica eficiente que garantiza la empleabilidad social de sus egresados. 
¿Todos estos conceptos se cambiarán por ley?  Creemos, modestamente, que no.  Se hace necesario que la nueva Ley Universitaria y las Políticas de Estado mejoren el marco de la calidad educativa, pero desde las perspectivas de la autonomía universitaria.  Es innegable, la necesidad de mejorar los actuales mecanismos de la Asamblea Nacional de Rectores y del CONEAU para garantizar calidad.  Nosotros le llamamos “Autonomía Universitaria de Calidad”.

¿UNA NUEVA LEY GARANTIZA LA CALIDAD EDUCATIVA UNIVERSITARIA?

Escribe: Wilder Calderón Castro

Los ejemplos abundan. Parecieran salidos del mismísimo realismo mágico. Durante un cónclave literario en los 60, realizado en la Universidad Nacional de Ingeniería, Mario Vargas Llosa le reseñó a Gabriel García Márquez cómo un gobierno brasileño suprimió una epidemia con un decreto. El autor de “Cien Años de Soledad” retrucó que un gobernante colombiano pretendió con una ley olvidar el episodio de la matanza de tres mil obreros.


El dictador Juan Velasco Alvarado hizo precisamente lo propio con la reforma agraria, a sabiendas que ese proceso duró cincuenta años en México y que nuestros campesinos no contaban con la capacitación o tecnología.

Podríamos acusar de lo mismo al extinto presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien dictó decretos con rango, valor y fuerza de ley durante la mayor parte de su gobierno. Y ni qué hablar de su émulo Nicolás Maduro quien inauguró la “navidad temprana”, 54 días antes, para dizque brindar al pueblo la “suprema felicidad social”. "Feliz Navidad 2013, Navidad temprana, victoria temprana, felicidad temprana para toda la familia, pues es objetivo de mi gobierno la suprema felicidad social de todo el pueblo, así reciba burlas de la burguesía apátrida", declaró.

La mejora de los procesos de enseñanza y aprendizaje en el aula no son producto de la pluma de legisladores o de quien promulga la ley. Una resolución suprema o un decreto legislativo no aterrizan en la cotidianidad de la universidad. El nivel de los docentes y de los alumnos no puede elevarse, por obra y gracia de los considerandos o la parte resolutiva de un documento proveniente de algún burócrata. Tampoco nos sacará del fondo de la tabla PISA.

El dictamen de la nueva Ley Universitaria de la Comisión de Educación, Juventud y Deporte del Congreso de la República ingresará pronto al Pleno. Este futuro legicidio contra la autonomía universitaria se perpetrará a vista y paciencia de una representación nacional que inclinará la cerviz, para acatar los dictados palaciegos, a pesar de que la inconstitucionalidad en sí misma que encierra este proyecto de ley que contraviene el artículo 18 de la Constitución Política del Estado.

En la vida republicana existen situaciones políticas claves, donde debemos buscar la reflexión, concordia y unión entre peruanos, tal y como ocurrió frente al veredicto de la Corte Internacional de la Haya y que puso fin a la controversia marítima entre Perú y Chile. ¿Acaso la educación y la calidad educativa no es también una política de Estado? ¿La polarización política le hace bien al país y a la educación que impartimos en los colegios y las universidades?

Los autores del proyecto de ley tienen el mérito de poner en primera plana lo que evidentemente es una necesidad, pues la ley que rige la vida universitaria actual data de hace treinta años. Es tiempo de hacer una introspección y cambiar como producto de eso, tal y como ocurre en el mundo universitario, pues de la discusión nace la luz. Empero, deberemos realizar este debate en el marco de la ética, el respeto constitucional y legal, sin transgresiones.

La calidad educativa es indispensable en un mundo globalizado y competitivo. No nos podemos restringir a elaborar la norma. Debemos delimitar también políticas y visiones a largo plazo que nos permitan trabajar científicamente por sistemas, procesos y metodologías que registren resultados y elementos contrastables (llámense indicadores). Cada uno de los componentes (un currículo prospectivo; un perfil para la empleabilidad del egresado; un plan de estudios por competencias; el escenario e implementos de avanzada) resultan fundamentales para dotar de calidad la educación.

El control de calidad debe hacerse con ciencia y conciencia acompañado de institucionales como las implementadas por el CONEASE, que para el caso de las universidades es CONEAU. Las cosas como son: La superintendencia adjunta al Ministerio de Educación que promueve el proyecto de ley aprobado por la Comisión de Educación del Congreso de la República no garantiza la más remota calidad. Éste es el fondo del debate.

En el aquí y ahora los legisladores tienen una responsabilidad histórica. La calidad en la educación universitaria no se impone con una ley que no resiste un mínimo debate. Invocamos, desde estas líneas, la reflexión, el análisis pertinente y no conducirse por protagonismos o impulsos. El país, los jóvenes y las futuras generaciones así lo demandan hoy. La mayoría (que es la verdadera minoría del país) lo sabe.

Regístrese, comuníquese y cúmplase.

LEALTAD Nº 09

LA LEY DE MORA

Escribe: Wilder Calderón Castro

No se requiere de una bola de cristal, ni de extraños sortilegios, para saber que estábamos coleros en educación primaria y secundaria.  El resultado de la última evaluación PISA no nos sorprende y ya lo habíamos anunciado desde estas líneas en “Justo Medio”.  La demagogia gobiernista lleva al Perú a ocupar el puesto 65 de 65 países, tras obtener los peores resultados en matemáticas, ciencias y comprensión lectora.  ¿Queremos también un panorama igual de aterrador para la educación superior universitaria?
Dejar atrás algunas reformas emprendidas en el quinquenio pasado por el gobierno de Alan García, dícese la ley de la reforma magisterial, modernización de gestión, construcción de nuevos Marcos curriculares o la reconstrucción de los colegios emblemáticos, son las causas de ese retraso, en el corto plazo, y que evidencian la evaluación PISA.  Hemos terminado desandando un camino trascendente para la recuperación de la educación pública.
No podemos seguir haciendo demagogia con la expectativa del pueblo.  Cada día nos convencemos más que la educación es la base del desarrollo; sin embargo, desde el Ejecutivo se hace cada vez menos, a pesar de la oferta electoral de incrementar el porcentaje para este sector en el presupuesto nacional.   
La educación básica y los institutos y escuelas superiores, hace décadas, están sumidos en la lentitud tecno burocrática, en el entrampamiento propio de su dependencia a la administración pública; con programas curriculares de naturaleza retrospectiva y no prospectiva.   En Lima, el 50% de los centros educativos son privados.  Eso muestra que en realidad, los estudiantes están dejando la escuela pública para ir a la privada, por la percepción de la población que no existe calidad educativa en los colegios administrados por el actual gobierno. 
¿Acaso el ataque sistemático a las universidades obedece a un psicosocial que pretende tender una cortina de humo, sobre la deficiente calidad educativa en los primeros años del educando peruano, que suelen ser los más importantes?   ¿Desde cuándo es urgente edificar techos sin fortalecer, en primer lugar, los cimientos en la formación de los estudiantes peruanos?  Es urgente, que el Estado dedique esfuerzos para velar por la calidad de la educación pública básica regular (inicial, primaria y secundaria).
La Ley Universitaria vigente y que rige el actual sistema tiene más de 30 años y obedece a contextos políticos, sociales y económicos caducos.  Coincidimos que la norma debe modificarse por los avances del conocimiento científico, de la tecnología y de las nuevas características de la realidad.  Sin embargo, el común denominador para elaborar la nueva ley debiera ser el respeto de los principios y de los preceptos constitucionales, donde el artículo 18 de la Constitución es clarísimo: “Cada universidad es autónoma en su régimen normativo, de gobierno, académico, administrativo y económico. Las universidades se rigen por sus propios estatutos en el marco de la Constitución y de las leyes”.
¿A ese mismo gato que mantiene deficitariamente la actual educación pública regular, pretendemos dejarles el despensero llamado Universidad Peruana?  ¿Qué garantías de calidad educativa tenemos nosotros con la creación de la superintendencia adjunta al Ministerio de Educación que promueve el proyecto de ley aprobado por la Comisión de Educación del Congreso de la República?  
Calidad educativa sí, sí o sí.  Siempre en el mismo marco jurídico de respeto a la Constitución.    Atrás debieran quedar las imposiciones, los autoritarismos y los verticalismos que tanto daño le hace al país.  La polarización política se auto exime de argumentos técnicos y exacerba los prejuicios sobre el tema.  El control de calidad debe hacerse con ciencia y consciencia acompañado de políticas objetivas de calidad en el CONEAU, a través de la autorregulación.
Aunque parezca contradictorio coincidimos con los voceros de este gobierno, cuando expresan que todos somos culpables de esta crisis que viven estos centros de estudios superiores.  La responsabilidad de la Universidad Peruana radica precisamente en no exigir al gobierno políticas claras, en materia de calidad educativa e investigación científica.   
Somos culpables también de la crisis porque nosotros elegimos a personalidades provenientes de agrupaciones políticas no preparadas, a quienes otros llaman partidos de medio pelo,  farsantes que fungen de técnicos; improvisados sabelotodos que no saben gobernar un país; asesores sin meritocracia; y, directivos sin capacidad efectiva de gobierno.   En resumen, políticos sin autoridad moral que hablan de universidad, sin haber pisado una.
 No es gratuito que se diga que la norma propuesta por el congresista Daniel Mora Zevallos y que la mayoría parlamentaria del Nacionalismo desea aprobar a rajatabla, entre gallos y medianoche, generará un mayor retraso en las metas de educación de calidad, que aspiramos durante los próximos años como Estado.  La llamada LEY DE MORA, precisamente es eso: DE-MORA el progreso, DE-MORA el consenso, DE-MORA la concertación, DE-MORA la educación de calidad, DE-MORA un clima de armonía, DE-MORA la investigación científica de calidad, DE MORA la garantía jurídica a la inversión en un Estado de Derecho.


*Doctor en Educación y ex Congresista de la República.


¿POR QUÉ HACERLE ESE DAÑO A LA UNIVERSIDAD PERUANA?

Todos, absolutamente todos lo sabemos. Ninguna norma puede erigirse por encima de la Constitución Política del Estado. ¿Qué ganan algunos congresistas, para buscar imponer una nueva Ley Universitaria que contravenga el artículo 18 de la Constitución Política del Estado?

La calidad educativa no se negocia debajo de la mesa. Tampoco debe estar al acecho de experimentos estatistas o privatistas. Una nueva Ley Universitaria no soluciona el problema de fondo, más aún cuando se trata de hacer sin tener en cuenta la participación de los actores. El artículo 18 de la Constitución Política es claro: “cada universidad es autónoma en su régimen normativo, de gobierno, académico, administrativo y económico. Las universidades se rigen por sus propios estatutos en el marco de la Constitución y de las leyes”.

Somos testigos de excepción que los institutos y escuelas superiores, hace décadas, están sumidos en la lentitud tecnoburocrática, en el entrampamiento propio de su dependencia a la paquidérmica administración pública; con programas curriculares de naturaleza retrospectiva y no prospectiva. Estas instituciones educativas han crecido, muy por debajo, de la rapidez del avance tecnológico. El boom empresarial, minero y constructor de los últimos años nos ha llevado a que por cada 108 puestos de trabajo que solicitan las empresas, sólo hay 100 técnicos especializados. Contrariamente a lo que uno piensa la cantidad de postulantes en los institutos superiores no crece, ni ha variado. Paradojas totales.

El Estado, a través del Ministerio de Educación, ha demostrado históricamente serias limitaciones para brindar una educación de calidad en los niveles inicial, primaria y secundaria. Y la educación superior, mal llamada no universitaria, no es precisamente su especialidad, pues la ha mantenido a espaldas de un gran sector de la población, en lugar de contribuir en la práctica al desarrollo tecnológico sostenible del país.

No entendemos esa obsesión del gobierno, por intervenir ahora en las universidades. Esa voracidad pantagrüelística de nuestra burocracia contradice la labor desplegada por el Estado, en favor de la educación, en general, y los tecnológicos, en particular.

La relación de control o supervisión del Ministerio de Educación ya cumplió su ciclo histórico en el país. Calidad educativa es, sinónimo también, de autonomía. No sólo las Universidades, también los institutos tecnológicos merecen mecanismos para alcanzar la calidad. Nuestros legisladores deben advertir esta necesidad y esta realidad interpelante que vive nuestro país.

La autonomía ha traido mejores productos educativas que la gestión supervisada por el Ministerio de Educación. La mayoría parlamentaria, no puede borrar de un plumazo lo que dicta la ley de leyes. Trasplantar un modelo poco eficiente que ha fracaso en otros escenarios, no constituye el santo remedio para solucionar la crisis de la universidad peruana que tiene antigua data.

Para generar desarrollo sostenible con justicia social, el Perú necesita del democrático acceso a oportunidades y al alfabetismo tecnológico, con los cuáles incorporaremos en un futuro, una nueva fuerza laboral, al mundo de la industria nacional.

Los legisladores deben advertir la exigencia de la realidad: Esto es respetar la autonomía universitaria y propender hacer lo propio con las escuelas e institutos superiores porque la realidad exige una nueva visión y una nueva actitud, para ganar el futuro con una educación prospectiva, de calidad y competitiva. Es por ello que no podemos hacerle ese daño a la Universidad Peruana.

PRESENTAN ÚLTIMO LIBRO DE ALAN GARCÍA PÉREZ EN CHIMBOTE

El reciente libro “Confucio y la Globalización: Comprender a China y Crecer con ella” del ex presidente de la República Alan García Pérez será presentado en la ciudad de Chimbote este miércoles 23 de octubre, a las 6:00 p.m. en el Auditorio Principal del Colegio de Abogados de Chimbote, Jr. Elías Aguirre 151, Chimbote.  

La publicación explica los procesos que permitieron el surgimiento y la creciente gravitación de China como fenómeno de crecimiento productivo social sostenible en el actual escenario internacional, bajo la conducción de Deng Xiaoping y por la milenaria revolución confuciana que tiene una antigüedad que data de hace 2,500 años.  El desarrollo sostenible con la China debe ser producto d
e adopción de conceptos y pragmatismos chinos y no viceversa.

El acto contará con la participación en los comentarios de connotadas personalidades del mundo político y académico como el actual congresista por Lima, Mauricio Mulder Bedoya; el ex ministro de Transportes y Comunicaciones, Dr. Enrique Cornejo Ramírez; y, el parlamentario 2006-2011 por Áncash, Wilder Calderón Castro. 

El evento ostenta el auspicio de la Universidad Peruana Simón Bolívar y el Instituto de Educación Superior Tecnológico CEPEA.  El ingreso es libre.  Informes y reservas al teléfono 998044037, R.P.M. #919530 o al e mail: jcsifuentesarias7@hotmail.com


LAS DOS CARAS DE UNA MISMA MONEDA


Escribe: Wilder Calderón Castro*

La coherencia de un gobernante es una virtud realmente apreciada por sus electores.  En el transcurrir de una vida política, no se debe mostrar una conducta pendular del blanco al negro, de la radicalidad a la ultra derecha, del agua al oro, de la democracia a la intransigencia, de la persecución al diálogo.  Ese actuar político siempre pasa factura.  “Para que les decimos que no, si sí”. 

Desde que era candidato presidencial ya revelaba alguna sintomatología.  El Humala de entonces prometía defender las lagunas y las riberas acuíferas ubicados en las cabeceras de las cuencas de Bambamarca, tras azuzar a la población civil con su interrogante a boca de jarro: ¿Qué es más importante el agua o el oro?  Una vez en el poder, sin embargo, la presión popular lo hizo retroceder cuando defendía a la minera Yanacocha y su poco célebre frase “Conga va”… y no fue nunca.

Otro indicio lo constituye el desafío y traición a la base social que lo elevó al poder con tal de imponer su electorera “hoja de ruta”, programa que significó el inicio de su viraje revisionista respecto a su proyectada “gran transformación”, conjunto de radicales reformas del Estado concentradas en su primer plan de gobierno.

Las flagantes contradicciones del jefe de Estado, en torno a la negativa de indulto al ex presidente Alberto Fujimori Fujimori lo pintan por entero.  Si bien es potestad del mandatario conceder esa gracia, no entendemos entonces por qué pedirle a la familia que le hagan llegar su solicitud.  Ese vía crucis se pudo evitar con una pizca de prudencia.

No se puede caer en tan agudas contradicciones como anunciar una crisis, para luego desmentirse al día siguiente y pasar de las vacas gordas, a las flacas y finalmente a las robustas, cuando las proyecciones más pesimistas sostienen que el crecimiento de nuestra economía es superior a un 4% para este año. 

Hasta instituciones crediticias internacionales como Ficth Ratings le enmiendan la plana al presidente al sostener que el Perú sigue demostrando que pese a la baja en los precios de las materias primas, puede seguir creciendo por encima del ritmo de expansión de países con similares calificaciones y ni qué decir de América Latina. 

No se puede insultar y luego concertar, no se puede injuriar y luego llamar al diálogo.  No se puede criticar una gestión anterior desde la inercia y la hipertrofia estatal.  No se puede blindar a un ex mandatario por evidente enriquecimiento ilícito y convertir la lejana sospecha en ficticio indicio para perseguir con mano dura a otro ex presidente que les resulta políticamente incómodo.

No se puede uno titularse demócrata y defensor de las instituciones tutelares y de los derechos civiles, para luego avalar la fraudulenta elección de Nicolás Maduro en Venezuela.

En la administración del presidente Ollanta Humala se expresan una serie de contradicciones en todo ámbito, a tal grado que podríamos concluir el diagnóstico con un solo resultado: Este gobierno padece de cierto grado de bipolaridad.  La receta es simple: Una pizca de ubicaína, dejar de lado la soberbia, coherencia política en dosis homeopáticas y tres píldoras diarias de hiperactividad laboral por el bienestar del Perú.  El tratamiento deberá seguirse estrictamente hasta el 28 de julio del 2016.


*Dr. en Educación y ex Congresista de la República

PENÉLOPE EN LA ODISEA HUMALISTA



 Escribe: Wilder Calderón Castro

Promotor educativo y ex Congresista de la República



Este 28 de julio, el gobierno de Ollanta Humala cumple dos años.  La evaluación y análisis de lo actuado políticamente es una tarea ineludible para las fiestas patrias, como la escarapela en la solapa o la bandera en el frontis de nuestra casa.  En un país con Alzheimer es necesario recordar lo bueno y lo malo de la jornada política, en materias de vital importancia para la democracia como la educación.

Sostenemos que sin educación no hay desarrollo.  Sin embargo, según el  World Economic Fórum (WEF) de Suiza refiere que el Perú avanzó 6 posiciones en el Índice Global de Competitividad 2012-2013 ubicándose actualmente en el puesto 61 (de 144 países).  Este ascenso se debe netamente a la variable “estabilidad macroeconómica” que saltó del puesto 52 al 21.

Lo que nadie se atreve a decir es que el Perú contradictoriamente a lo que ocurre con su desarrollo económico, ocupa la casilla 138 en “calidad de educación primaria”; en la enseñanza de “ciencias y matemáticas” caímos al puesto 135;  “la educación superior y capacitación” retrocedió al puesto 80;  “preparación tecnológica” ostenta una caída de 14 puestos para ubicarse en la casilla 83; y lo más preocupante es el puesto 117, cinco puestos menos que el 2012, en lo que se refiere a “innovación”.

¿Cómo se explica entonces el crecimiento económico del Perú, en un mundo de hipercompetitividad, con los retrocesos mostrados en materia de educación en los dos últimos años, según el World Economic Fórum de Suiza? 
La educación debe ser la palanca de un desarrollo sostenible con justicia social del país, qué duda cabe.  La verdadera “inclusión social” solo es posible, gracias a la educación y no solo a la política de la dádiva de los programas sociales. 
Somos un país que ha empezado a mirarse con autoestima y que tiene capacidad de respuesta ante un contexto global adverso.  Es por ello que la brecha en educación y capital humano debe cerrarse, para asegurar el crecimiento a largo plazo del país y mantenernos como uno de los líderes en la región. 
En la odisea humalista, la ministra de Educación, Patricia Salas, es una Penélope moderna que sólo desteje, sin sutileza, desde la comodidad de su portafolio de San Borja, lo avanzado en los últimos años en materia de los colegios emblemáticos y del Colegio Presidente.  El olvido burocrático llegó para la otrora unidad escolar.      
Otro retroceso en estos dos años de “Gana Perú” del que acusamos en su debida oportunidad es la Ley Nº 29944, Ley de Reforma Magisterial del 3 de mayo de 2013 y que bautizamos como la Ley Clónica porque es una pésima copia, un infeliz remedo de la Ley de la Carrera Pública Magisterial, que no  garantiza la estabilidad laboral y que priva a los padres de familia y docentes de presidir los comité de desarrollo de evaluación en los colegios, entre otros aspectos.  En un evidente harakiri, durante su gestión no se ha impulsado la “meritocracia” y se hizo poco o nada en evaluación y capacitación docente.
El acierto que reconocemos en la actual administración del MED es, sin lugar a dudas, el Programa Beca 18.  Empero, el saldo de esta odisea nacionalista sigue con matices dramáticos: Hemos desperdiciado dos años y le hemos cortado continuidad a las políticas educativas trazadas por sus antecesores.
Los hombres y las instituciones que transitan por el camino del éxito le es importante el pasado, pero más importante es el futuro.  Por ello es que el gobierno debe respaldar a su ministra, a fin de que deje de ser nuestra Penélope y pueda aplicar políticas coherentes, claras y de calidad educativa, con un magisterio con un estándar de remuneraciones por encima de los niveles latinoamericanos, con normas claras y objetivas sobre la que prime una evaluación meritocrática permanente, con una currícula prospectiva, infraestructura de calidad para nuestros colegios emblemáticos y que el presidente Ollanta Humala cumpla con asignar el 6% del presupuesto nacional al sector educación como prometió durante la campaña.
Las cifras del World Economic Fórum son  definitivas para evaluar la actual gestión del Ministerio de Educación.  Y para remontar históricamente estos retrocesos en materia educativa, la ministra Salas deberá hilar muy fino. 

Ley Universitaria: Poco Consenso, Mucho Conflicto



Autor: Wilder Calderón Castro

La nueva Ley Universitaria se ha convertido en el común divisor de estos tiempos, pues provoca pasiones encendidas y muy pocos consensos en torno a su discusión.  Antes de esgrimir nuestros puntos de vista, es necesario subrayar en torno a este tema que se encuentra en el brasero político que primero son los principios y luego de los principios, todo.   La ardorosa defensa de la autonomía universitaria y la autorregulación, se contraponen a un modelo de intervencionismo estatal trasnochado.  

No son tomadas en cuenta

Las evaluaciones internacionales y el ranking que los organismos encargados de esta tarea elaboran, son sumamente explícitos. Y un llamado de atención, que debe ser nuestro compromiso mejorar en los próximos años.  La empresa inglesa QS (Quacquaville Symonds) elaboró el correspondiente al año 2012.  La mejor institución educativa superior de la región es la Universidad de Sao Pablo (Brasil); le sigue la Pontificia Universidad Católica de Chile, luego la Universidad Esladual de Campinas (nuevamente Brasil) y la Universidad de Chile.  La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) aparece en el quinto lugar.

Ninguna universidad peruana está entre las diez primeras.  Solo figuran retrasadas, diez entre las 250 mejores instituciones del continente, el resto de universidades de nuestro país, ni siquiera han sido tomadas en cuenta.  Esa es la cruda realidad que refleja la carencia de políticas de Estado, debido a que no contamos con un norte como país en educación.
Sin educación no hay desarrollo
Es poco edificante para el orgullo nacional que más grandes empresas que están invirtiendo en el país, traigan sus propios profesionales.  Hay una gran cantidad de ingenieros, arquitectos, abogados, médicos y otros profesionales extranjeros ejerciendo en el país.  La empresas del rubro gasífero han traído profesionales de mando medio para ejecutar sus proyectos, porque en el país no los encuentran de la calidad que necesitan.  Esto no puede continuar.  Pero el remedio debe ser suministrado en dosis homeopáticas porque de lo que se trata es de sanar al enfermo; no matarlo.

Cuando vinieron al Perú, Francis Fukuyama y James Porter; nos dijeron una verdad de Perogrullo: sin educación no hay desarrollo.  Pareciera que no hemos asimilado tal apotegema.  El crecimiento económico coyuntural que tenemos, necesita ser sostenible.  Para ello, el nivel educativo es determinante.

Habida cuenta del ranking de QS (ya mencionado), la “importación” de profesionales calificados que está sucediendo en el país como consecuencia de lo primero y la urgente necesidad de darle sostenibilidad al crecimiento, lo que se espera es un diálogo sensato, sereno y constructivo.  Que no sea un obstáculo, la pasión que despierta la autonomía universitaria.

Una educación sin acuerdo nacional

Precisamente el Acuerdo Nacional (AN) se centra en cuatro grandes objetivos nacionales para el desarrollo: 1° El fortalecimiento de la democracia y Estado de Derecho; 2° El Desarrollo con Equidad y Justicia Social; 3° Promoción de la Competitividad del País; y, 4° Afirmación de un Estado Eficiente, Transparente y Descentralizado.  Sin embargo, de sus 31 políticas de largo plazo nos extraña que en el objetivo de acceso universal a una educación pública y gratuita y de calidad, sólo se señale solo el compromiso de mejorar la educación superior pública, universitaria y no universitaria.

La Autonomía Universitaria

La imposición de una nueva Ley Universitaria aprobada por una mayoría parlamentaria no es la solución.  Nuestros congresistas deben aprender a escuchar el clamor ciudadano.   ¿Acaso olvidan que la Constitución de la República, en su artículo 18, refiere que “cada universidad es autónoma en su régimen normativo, de gobierno, académico, administrativo y económico.  Las universidades se rigen por sus propios estatutos en el marco de la Constitución y de las leyes”? 

El caballazo y autoritarismo de una mayoría parlamentaria no puede borrar de un plumazo lo que dicta la ley de leyes.  Imponernos un modelo universitario chavista no es el santo remedio para solucionar una crisis de antigua data.   El debate parlamentario de la nueva Ley Universitaria, se debe centrar en perfeccionar los mecanismos para mejorar nuestra institucionalidad desde la perspectiva de la autonomía universitaria y la autorregulación que ejerce la Asamblea Nacional de Rectores (ANR). 

El Estado ha demostrado fehacientemente, que todavía tiene serias limitaciones para brindar una educación de calidad en los niveles pre-universitarios como para querer desde el Ministerio de Educación regir el destino de las universidades públicas y privadas como aparentemente la mayoría parlamentaria desea imponer, sin discusión que medie.  Aún está en debate y con resistencias la Nueva Ley de Desarrollo Docente (norma clónica de la Ley de la Carrera Pública Magisterial).  ¿Tendrá aptitud para encargarse de un nivel más?

Si de verdad tenemos vocación pedagógica, nuestros intereses personales o institucionales, deben subordinarse al interés de los alumnos.  Soy consciente que los problemas no lo resuelven solo las leyes.  Pues si así fuera eliminaríamos la pobreza por decreto.  Sin embargo, una bien elaborada, puede contribuir a ordenar nuestros esfuerzos y comprometernos  a superar estas limitaciones. 

Por el bien del Perú, la mayoría nacionalista-peruposibilista debiera promover una discusión en profundidad de la Ley, donde los diferentes estamentos de la universidad estén representados en el debate.  Está en manos de la Comisión y los otros actores, que la universidad mejore sus indicadores en una sociedad globalizada.  Hagámoslo por los jóvenes del país.